jueves, 14 de agosto de 2008

2. Prisioneros

Cuando hablamos o escribimos sobre prisioneros, inmediatamente proyectamos nuestro pensamiento a las cárceles que la justicia o el poder ha plantado a lo largo y ancho del mundo.

Los derechos humanos no deberían ser de derechas ni de izquierdas; sin embargo, la derecha se ha preocupado más de los derechos individuales mientras que la izquierda de los sociales. Cuando un individuo es encarcelado sin juicio, como sucede a menudo en nuestro mundo, pierde su derecho a la libertad, pero también a la educación, al trabajo, a la familia y lo que es peor, a un futuro.

Estados Unidos, país que se nos había pintado como el faro de la libertad, donde las garantías de los individuos eran respetadas, se ha convertido en el país donde los derechos humanos y las libertades son más pisoteados. Sus acciones nos remiten a los tiempos de los nazis o al estalinismo. En sus prisiones se experimenta con castigos para doblegar el espíritu de los individuos y obligarles a renunciar a sus creencias y principios políticos. En Irak, por ejemplo, tiene más de 10,500 cautivos y más de cien son menores de 18 años, eso sin descontar las jaulas en Guantánamo o de Abu Ghraib donde sobreviven hombres y mujeres sometidas a torturas y privaciones sensoriales, independientemente de 18 buques de guerra habilitados –por estar en aguas internacionales- como impunes centros de reclusión.

En Ushuaia, la isla del Fin del Mundo, en Argentina, está la antigua prisión a donde iban los más crueles asesinos o los denostadores del gobierno en turno. Allí, por unos dólares, a los turistas les colocan un traje amarillo con rayas negras horizontales y grilletes en los tobillos con lo que el desplazamiento se hace muy lento. Las celdas son pequeñas y no cuentan con servicios, y comparada la temperatura exterior en 10 grados bajo cero, éstas son templadas con sólo dos grados. Esto forma parte de la “visita virtual” al presidio de Ushuaia y dura poco más de dos horas; los turistas pagan por vivir los momentos de terror que soportaban los más terribles delincuentes de las primeras décadas del siglo pasado.

En el Medio Oriente, los palestinos se han convertido en prisioneros en un país delimitado al gusto de los poderosos, y sin una salida al mundo externo. Es un país-cárcel.

También sufren escarnio a manos de delincuentes los secuestrados por bandas o por guerrillas de todo tipo en el mundo.

Pero el tema central de hoy son los prisioneros sin rejas.

Hay muchos penados que no están tras las rejas: Las víctimas de la violencia, las niñas y jóvenes mujeres obligadas al comercio carnal, o las mujeres musulmanas a quienes con la ablación se les priva de la libertad del placer que el mismo Alá dio al ser humano. Otras miles o millones de mujeres y niñas son víctimas de la violencia intrafamiliar.

Los países a donde llegan los cientos o millones de hombres y mujeres en busca de una vida mejor, se convierten en prisioneros de su nueva residencia, pues no pueden desplazarse con la libertad deseada, temiendo en todo momento ser descubiertos por las policías de migración y su consecuentemente deportación, sin más riqueza que la ropa que traen puesta.

Hay quienes son prisioneros de un trabajo por necesidad, el que realizan con horarios largos y salarios cortos. Las modernas empresas contratan a profesionistas que deben cumplir con “objetivos”, para lo cual tienen horarios que rebasan, en la mayoría de los casos, las 11 horas de labor (con su hora de comida, faltaba más) y con una espada sobre la cabeza, que más pronto que tarde, sin aparente justificación, le dicen: hasta aquí llegaste. Son rehenes de su propio contrato, firmado simultáneamente con una renuncia sin fecha.

Privados de la libertad también son quienes en una cama o silla de ruedas han sido encarcelados por una enfermedad o un accidente; o los que viven privados de la lucidez por una enfermedad mental, una embolia y otros males que atacan al cerebro, con aviso y sin él.

También son condenados quienes, por ignorancia, están en la imposibilidad de avanzar por la vida sin más esperanza que recibir un magro salario mínimo.

Hasta hace poco, en muchos lugares, los homosexuales o lesbianas eran prisioneros por sus preferencias, (encerrados en un closet, decían) señalados en algunos casos y en otros, salvajemente reprimidos.

Los presos sin rejas ni grilletes son los olvidados de los derechos que sólo son mencionados en los discursos políticos previos a las elecciones.

Finalmente, otros prisioneros sin rejas son los enajenados por los medios de todo tipo –especialmente la televisión- que como los cubre-ojos de los caballos, sólo se les permite ver hacia el frente, sin poder vivir motivados o con objetivos claros para su futuro.

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