martes, 23 de septiembre de 2008
8. Guaruras
Los guaruras, que así también se les conoce, son inconfundibles por su trajes comprados en Sears, Suburbia u otra tienda departamental de segunda. Esto, sin descontar su corte de pelo tipo militar, cinturón abajo del estómago y, en muchos de los casos, bigote bien recortado, al estilo Mauricio Garcés.
Se les ha considerado un mal necesario y en algunos casos un buen negocio para las compañías dedicadas a dar “seguridad” de todo tipo.
Pero, por otro lado, se considera la presencia de los guardaespaldas como un juego de lotería y, en más de una ocasión, será el encargado de dar información necesaria para el secuestro del patrón o de algún familiar cercano; también, podrá ser quien robe en la casa, se ligue a la señora o a alguna de las hijas (lo que le traería un ascenso en la escala social) y en el peor de los casos, liquidar al jefe después de recibir una buena cantidad por parte del enemigo.
En cierta ocasión –hace muchos años- el “Tigre”, conocido golpeador y guardaespaldas, quedó sin trabajo al morir su patrón, un reconocido periodista de espectáculos (de un infarto) En su desamparo, estuvo buscando quien supliera al difunto.
El “Tigre”, era un joven de 1.80 m. aproximadamente, moreno, fuerte y con cicatrices de viejas peleas. Su historial no dejaba mucho a la imaginación y “sólo” tenía doce ingresos a la peni. Acostumbraba acudir a “La Canción” o al bar “Polo”, ubicados uno casi junto al otro en un punto estratégico entre La Lagunilla, Tepito y Garibaldi, sobre lo que ahora es el Eje Central.
Parroquiano asiduo a ese par de antros de mala muerte, Alberto, que conocía al guardaespaldas de su fallecido amigo, tuvo el error de invitarle un día una torta y un refresco –raro, pero no tomaba alcohol- y de ahí no se le despegó durante larga temporada.
Así, por ahí de las seis de la mañana, casi finalizando una de sus cotidianas parrandas, Alberto se acercó al sanitario, al fondo del centro nocturno “La Canción”, esperando que saliera otro usuario.
Una voz ronca –que así la tenía- se escuchó a sus espaldas:
-¿Va a pasar mi jefe?
-Si, no te preocupes “Tigre”, espero. Dijo Alberto.
-Mi jefe va a pasar- le gritó el improvisado guardaespaldas al ocupante del sanitario
Una respuesta, acompañada de dos o tres mentadas, indicaron que el usuario del sanitario no tenía la más mínima intención de salir con celeridad.
Unos instantes después, el “Tigre”, con una mano arrancó la puerta –tipo cantina-y con la otra levantó al tipo agarrado de las solapas, al tiempo que le soltó:
¿No escuchó que mi jefe quiere entrar?
Cuando llegó a su casa, Alberto recapacitó en que los guaruras no siempre dan seguridad, pues en esa ocasión el tipo pudo haber sacado una pistola y, jefe y guardaespaldas, hubieran quedado en el lugar.
Al poco, Alberto fue comisionado para realizar algunos trabajos en Centroamérica y luego acudir a una campaña presidencial de casi nueve meses, así que se alejó de la ciudad mas de un año y se distanció de su guardaespaldas, de quien supo después había muerto en una riña colectiva, recibiendo más de una docena de puñaladas.
Tuvo además al “Güero” Batillas –gatillero y protector profesional de los años cincuenta, recién salido de la penitenciaría, después de largo periodo preso- con quien cerveceaba en el restaurante “El Hórreo” o recordaba pasajes de la vida del pintoresco personaje en la peluquería Nieto. Alberto contó también con la asistencia de otro viejo gatillero que se le murió de un infarto en su primera actuación frente a unos malosos.
En nuestro país, varios salvaguardia trascendieron por diversos hechos. Hubo un par que, de ser boleteros (taquilleros) de cine, pasaron luego a guaruras y más adelante llegaron a las altas finanzas, como respetables ciudadanos.
En Europa, la historia de compromisos y matrimonios entre guaruras y las damas a quienes debían cuidar es larga. Más de una princesa, condesa, duquesa y demás pléyade de títulos se ha enamorado de su acompañante, acostado y terminado en el altar.
Putin, en la antigua Unión Soviética pasó de ser un guardaespaldas, agente de la terrible KGB, a una especie de emperador de todas las Rusias del siglo veintiuno.
Después de esas historias, Alberto se ha preguntado cómo sería su vida si hubiera tomado otra vocación profesional, especialmente la de guarura.
martes, 9 de septiembre de 2008
Armas
Una mañana, Albertrix observó cómo miraba Trucutú con ojos lascivos el andar cadencioso de Laurex, la que, de vez en vez, volteaba y le enviaba una coqueta sonrisa. Albertrix no pudo contener sus celos, tomó un garrote y propinole fuerte paliza al de cascos ligeros mientras que a la casquivana la envío al exilio.
La tribu de Trucutú, que dio asilo a la coqueta Laurex, pensó que la mejor forma de defenderse del salvaje vecino era fortificar la aldea y preparase para un posible ataque con piedras suficientes. El esperado embate se dio y las piedras resultaron mejor defensa que el uso de los garrotes.
Con el tiempo, la gente de Albertrix se refugió en aldeas escondidas entre los bosques, donde observaron que un palo largo, con punta, era un arma eficaz que les defendería de los hombres de Trucutú, quienes, por su parte, descubrieron el arco y la fecha.
Pasados los años, Albertrix pensó que si ponía fuego en la punta de la flecha incendiaría las chozas de los amigos de Trucutú. Pero los segundos no perdieron el tiempo y para defenderse fabricaron escudos y amurallaron su territorio.
La humanidad progresó, y en el medievo, la catapulta y las torres de asalto, junto con la pólvora pirateada por Marco Polo en China, sirvieron para que los diferentes grupos lograran el equilibrio de la población mundial, ayudados por el cólera y otras enfermedades.
El “arte” de la guerra fue evolucionando hasta llevarnos a una primera gran guerra mundial donde la muerte en las trincheras fue más eficiente con la aparición de tanques y otros artefactos de destrucción que se sublimaron en la segunda gran guerra mundial; que también ayudó al equilibrio poblacional.
Los primeros misiles fueron detectados, accidentalmente, por un fotógrafo de prensa, que apareció al imprimir una de las placas cuando estaba a punto de dar en el centro de Londres. A partir de ese momento los cohetes fueron evolucionando hasta nuestros días.
Los Estados Unidos, con tecnología nazi perfeccionaron la bomba atómica y la estrenaron en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. La bomba nuclear, como también se le conoce, está ahora en manos de unos cuantos gobiernos que integran el club atómico.
Finalmente, Trucutú W. Bush ha probado, al parecer con éxito, la bomba neutrónica sobre las tropas iraquíes que se habían hecho fuertes en las cercanías del aeropuerto de Bagdad. La mencionada arma mata todo ser viviente en un amplio radio, pero no destruye instalaciones de ningún tipo.
En México –en otro tiempo Anáhuac- las guerras floridas fueron las más sobresalientes y perseguían más la obtención de prisioneros para los sacrificios a Tonatiuh que la expansión territorial. Esto, hasta que llegaron los españoles con arcabuces y las primeras pistolas de chispa; luego, los franceses invadieron nuestro territorio con mejores fusiles, además de cañones con mayor capacidad destructiva. Lo mismo hicieron nuestros “buenos vecinos” para quitarnos medio territorio.
La revolución de 1910 costó una generación completa de mexicanos que murieron en los campos de batalla con sus grandes sombreros y cananas cruzadas en el pecho con cartuchos 30-30.
Finalmente, la revolución cristera fue sólo una serie de escaramuzas donde los campesinos iban a la muerte con un escapulario al pecho con la leyenda “detente bala, el Corazón de Jesús está conmigo”.
Fuera de la matanza en Tlatelolco, en 1968 y la guerra sucia ordenada por Echeverría para limpiar de comunistas a México, no ha habido más muertes por razones sociales.
Ahora, en los dos gobiernos del cambio, nunca como antes había habido tanta muerte de seres inocentes y tanto miedo entre los ciudadanos ante la ola de secuestros y asesinatos por doquier. Esto, además de la lucha que se ha dado entre las diferentes mafias (carteles) de narcotraficantes, que sólo en el mes de agosto sumó varios miles de muertos, entre ellos 28 decapitados.
El número de secuestros y asesinatos en México es el más alto del mundo; triste primer lugar, aberrante medalla de oro ante la comunidad internacional. Y ni a dónde acudir si el ciudadano ha perdido la confianza en las autoridades policiales, que en más de una ocasión forman parte de las bandas de secuestradores, violadores y asesinos.
La guerra prehistórica con garrotes y piedras ha sido superada con mucho por los delincuentes mexicanos que tienen, ahora, mejor armamento que muchas corporaciones policíacas.
Hay quienes están esperanzados en que la manifestación de decenas de miles de ciudadanos, que terminó iluminando la plaza de
Mientras tanto, de Albertrix sólo se sabe que se integró a una secta y, en las calles de Nueva York, con un sayal viejo y un cayado, porta un cartel con el anuncio de que “el mundo se va a acabar”. Los que se salven –los elegidos de Dios- iniciarán un nuevo orden donde seguramente la coqueta Laurex enviará sus mensajes y contoneos a Trucutú, reiniciándose así la lucha entre los seres humanos.
lunes, 1 de septiembre de 2008
6. Fantasmas
¿Vida después de la muerte?
Esta pregunta se la ha hecho el ser humano desde que tuvo consciencia –a diferencia del reino animal- de que su vida tendría un final. La mayoría desearíamos prolongar nuestra existencia más allá de la muerte.
Los fantasmas son parte de esa prolongación de la vida, seres etéreos que se desprenden de un cuerpo que existe en la tercera dimensión para pasar a otra y que, de vez en vez, se hacen “presentes” mediante manifestaciones fuera de lo común.
La primera manifestación registrada por Alberto sobre la presencia de estos fantasmas la tuvo cuando observó cómo varios libros caían, sin causa aparente, de uno de los estantes de su biblioteca. Minutos después, llegó la noticia de la muerte de la abuela.
La televisión –recién comprada- se apagó de repente. Al control se le apretaron las teclas; los botones de encendido del aparato y del regulador de voltaje fueron movidos nerviosamente, sin resultados. Instantes más tarde sonó el teléfono y, luego, la noticia desde Saltillo: el fallecimiento de su padre.
¿Cuántas veces, mientras se piensa en una persona ya fallecida, se siente una ligera presión sobre el hombro, como la mano de alguien que avisara: aquí estoy?
San Compadre asegura que los fantasmas son espíritus que quedan atrapados entre este mundo y el cosmos; muchos de ellos convertidos en “ángeles protectores” y otros penando por obras que dejaron inconclusas. Ninguno de esos espíritus va al cielo o al infierno, sencillamente, “están” presentes aquí mismo, en una dimensión desconocida. También los hay chocarreros, esto es, que les gusta hacer bromas a costillas de los vivos; o los diabólicos, que aún después de su partida, siguen haciendo el mal.
En las costumbres cristianas se decía que los criminales enterrados con símbolos sagrados vagaban por el espacio buscando su descanso y perdón.
En los hospitales de campaña, durante las guerras, o en los actuales de emergencia, es común la presencia de esos fantasmas que vagan en busca de un lugar de reposo.
Alberto, que sufrió quemaduras graves, tuvo que ser hospitalizado y cuenta que, de vez en vez, “veía” o imaginaba que “algo” se movía a su alrededor. Desde su cama, “sentía” que “alguien” se sentaba a su lado. En otro momento, le empujaban los pies para hacerse un hueco y colocarse en ese lugar. Se preguntó si no serían signos de que se acercaba su muerte.
Una enfermera le comentó, con una sonrisa en los labios, que esos eventos eran comunes en los hospitales de traumatología donde muchos morían sin siquiera haber recobrado el conocimiento y seguía su espíritu ahí.
Pienso -decía Ana Laura, que así se llamaba la enfermera- que muchas personas mueren aquí y ni se dan cuenta. Su ‘espíritu’, ‘alma’ o como se llame, comienza a vagar buscando a su familia, su casa, sus seres queridos, ¿qué sé yo lo que busquen? Añadía.
Luego comentó que era frecuente que las enfermeras se llevaran a su casa a alguno de “ellos”. Tal vez -dijo- el vestido blanco les atraiga y ‘piensen’ que podemos reunirlos con su familia o a encontrar su casa. En mi caso –recordaba - frecuentemente tenía visitas. De pronto, una sombra pasaba por el pasillo o por la cocina, y la familia, acostumbrada a estos hechos, sólo nos mirábamos unos a otros, y los chicos expresaban: ¡ya trajiste a otro invitado! En una ocasión me llevé a un niño que se sentaba en la cama de mis hijos; ellos lo veían y llegaban a platicar con él.
Recordó que en ocasiones, desde la jefatura de enfermeras, saliendo a la medianoche para hacer su rondín por los pabellones del hospital se podían apreciar a muchas, muchas personas vestidas de blanco, “flotando”, con sus rostros difusos, preocupados, buscando algo o a alguien. Brillaban y daba ternura sentir su tristeza sabiendo que vagarían así sin encontrar a un conocido que les diera el adiós. Tal vez esperaban que se les dijera la verdad:”vete, tú ya estás muerto”. Varias de las enfermeras sabían de estos fantasmas en los pasillos del hospital, pero la mayoría se reservaba el comentario sobre sus visiones.
Alberto recuerda su inclusión –como novel reportero- en los disturbios del ’68. La noche de Tlatelolco le trae fantasmas que han caminado a su lado por casi 40 años. También los de la matanza del Jueves de Corpus; los de la guerra sucia de Echeverría o los de las guerrillas centroamericanas donde fue levantando los fantasmas de quienes cayeron creyendo en el renacimiento del cristianismo (Teología de la liberación)
Los fantasmas “habitan” no sólo en casas antiguas donde –como dicen por ahí- se respira miedo, sino también en los lugares que menos imaginamos. Hay pueblos fantasmas que albergan a miles y miles de ellos. Real del Catorce, en el estado de San Luís Potosí, es uno de esos ejemplos.
También, en el espacio sideral aparecen los espectros: corrientes estelares, que no son sino una galaxia enana que colisionó con otra hace millones de años convirtiéndose en un fantasma que sigue apareciendo, aunque ya no exista, en los radiotelescopios.
Como el verso de Leopardi: vaghe stelle dell’ orza: “Sé muy bien que una de esas vagas estrellas sin nombre me pertenece (…) Puede que haya desaparecido hace miles de años y que su luz sólo sea un grano de sal que brilla de noche sin nada que la sustente (…) Tal vez esa estrella sin nombre, que he adoptado, sufrió una explosión y desapareció del universo, desintegrada en la nada; pero su luz parpadea esta noche en mi frente y a ella le dirijo mis deseos (…) Esa estrella que ya no existe (ese fantasma) es la que amo y aún me pertenece”.