¿Vida después de la muerte?
Esta pregunta se la ha hecho el ser humano desde que tuvo consciencia –a diferencia del reino animal- de que su vida tendría un final. La mayoría desearíamos prolongar nuestra existencia más allá de la muerte.
Los fantasmas son parte de esa prolongación de la vida, seres etéreos que se desprenden de un cuerpo que existe en la tercera dimensión para pasar a otra y que, de vez en vez, se hacen “presentes” mediante manifestaciones fuera de lo común.
La primera manifestación registrada por Alberto sobre la presencia de estos fantasmas la tuvo cuando observó cómo varios libros caían, sin causa aparente, de uno de los estantes de su biblioteca. Minutos después, llegó la noticia de la muerte de la abuela.
La televisión –recién comprada- se apagó de repente. Al control se le apretaron las teclas; los botones de encendido del aparato y del regulador de voltaje fueron movidos nerviosamente, sin resultados. Instantes más tarde sonó el teléfono y, luego, la noticia desde Saltillo: el fallecimiento de su padre.
¿Cuántas veces, mientras se piensa en una persona ya fallecida, se siente una ligera presión sobre el hombro, como la mano de alguien que avisara: aquí estoy?
San Compadre asegura que los fantasmas son espíritus que quedan atrapados entre este mundo y el cosmos; muchos de ellos convertidos en “ángeles protectores” y otros penando por obras que dejaron inconclusas. Ninguno de esos espíritus va al cielo o al infierno, sencillamente, “están” presentes aquí mismo, en una dimensión desconocida. También los hay chocarreros, esto es, que les gusta hacer bromas a costillas de los vivos; o los diabólicos, que aún después de su partida, siguen haciendo el mal.
En las costumbres cristianas se decía que los criminales enterrados con símbolos sagrados vagaban por el espacio buscando su descanso y perdón.
En los hospitales de campaña, durante las guerras, o en los actuales de emergencia, es común la presencia de esos fantasmas que vagan en busca de un lugar de reposo.
Alberto, que sufrió quemaduras graves, tuvo que ser hospitalizado y cuenta que, de vez en vez, “veía” o imaginaba que “algo” se movía a su alrededor. Desde su cama, “sentía” que “alguien” se sentaba a su lado. En otro momento, le empujaban los pies para hacerse un hueco y colocarse en ese lugar. Se preguntó si no serían signos de que se acercaba su muerte.
Una enfermera le comentó, con una sonrisa en los labios, que esos eventos eran comunes en los hospitales de traumatología donde muchos morían sin siquiera haber recobrado el conocimiento y seguía su espíritu ahí.
Pienso -decía Ana Laura, que así se llamaba la enfermera- que muchas personas mueren aquí y ni se dan cuenta. Su ‘espíritu’, ‘alma’ o como se llame, comienza a vagar buscando a su familia, su casa, sus seres queridos, ¿qué sé yo lo que busquen? Añadía.
Luego comentó que era frecuente que las enfermeras se llevaran a su casa a alguno de “ellos”. Tal vez -dijo- el vestido blanco les atraiga y ‘piensen’ que podemos reunirlos con su familia o a encontrar su casa. En mi caso –recordaba - frecuentemente tenía visitas. De pronto, una sombra pasaba por el pasillo o por la cocina, y la familia, acostumbrada a estos hechos, sólo nos mirábamos unos a otros, y los chicos expresaban: ¡ya trajiste a otro invitado! En una ocasión me llevé a un niño que se sentaba en la cama de mis hijos; ellos lo veían y llegaban a platicar con él.
Recordó que en ocasiones, desde la jefatura de enfermeras, saliendo a la medianoche para hacer su rondín por los pabellones del hospital se podían apreciar a muchas, muchas personas vestidas de blanco, “flotando”, con sus rostros difusos, preocupados, buscando algo o a alguien. Brillaban y daba ternura sentir su tristeza sabiendo que vagarían así sin encontrar a un conocido que les diera el adiós. Tal vez esperaban que se les dijera la verdad:”vete, tú ya estás muerto”. Varias de las enfermeras sabían de estos fantasmas en los pasillos del hospital, pero la mayoría se reservaba el comentario sobre sus visiones.
Alberto recuerda su inclusión –como novel reportero- en los disturbios del ’68. La noche de Tlatelolco le trae fantasmas que han caminado a su lado por casi 40 años. También los de la matanza del Jueves de Corpus; los de la guerra sucia de Echeverría o los de las guerrillas centroamericanas donde fue levantando los fantasmas de quienes cayeron creyendo en el renacimiento del cristianismo (Teología de la liberación)
Los fantasmas “habitan” no sólo en casas antiguas donde –como dicen por ahí- se respira miedo, sino también en los lugares que menos imaginamos. Hay pueblos fantasmas que albergan a miles y miles de ellos. Real del Catorce, en el estado de San Luís Potosí, es uno de esos ejemplos.
También, en el espacio sideral aparecen los espectros: corrientes estelares, que no son sino una galaxia enana que colisionó con otra hace millones de años convirtiéndose en un fantasma que sigue apareciendo, aunque ya no exista, en los radiotelescopios.
Como el verso de Leopardi: vaghe stelle dell’ orza: “Sé muy bien que una de esas vagas estrellas sin nombre me pertenece (…) Puede que haya desaparecido hace miles de años y que su luz sólo sea un grano de sal que brilla de noche sin nada que la sustente (…) Tal vez esa estrella sin nombre, que he adoptado, sufrió una explosión y desapareció del universo, desintegrada en la nada; pero su luz parpadea esta noche en mi frente y a ella le dirijo mis deseos (…) Esa estrella que ya no existe (ese fantasma) es la que amo y aún me pertenece”.
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