Ana murió como la heroína del periodismo moderno.
Madre de dos hijos, vivía en un modesto departamento de Moscú, desde donde enviaba sus reportajes que tanto incomodaban al nuevo zar de todas las Rusias, el ex agente de la KGB, Vladimir Putin.
Con una carrera limpia, Ana no necesitó de los favores del régimen, ni fue una cortesana del gobierno al que atacó sin piedad por las atrocidades que cometía contra el inerme pueblo chechenio. Se decía de ella que era imposible pedirle que se callara, imposible sobornarla o intimidarla.
“Su asesinato es un golpe en el mismo corazón del periodismo ruso. No será posible compensar su pérdida”, lamentó Igor Yakovenko, secretario general de la unión de Periodistas de Rusia, en ocasión del segundo aniversario del asesinato.
En febrero del 2001, fue arrestada por el ejército soviético, acusada falsamente de espionaje. En esa ocasión se le puso un arma y se amenazó con dispararle. Más adelante, participó en la negociación con los terroristas que secuestraron el teatro Dubrovka, en Moscú en 2002, acción en la que murieron cerca de un centenar de personas. Después, durante el secuestro de la escuela de Beslán, en Osetia del Norte, el gobierno ruso intentó asesinarla mediante envenenamiento. En las dos acciones, Ana había denunciado las atrocidades del gobierno de Putin.
A partir de ahí, las amenazas de muerte se hicieron más frecuentes por sus detalladas crónicas sobre el horror de la interminable guerra en Chechenia.
Ana escribió varios libros y ensayos sobre ese conflicto, entre los que sobresalen “terror en Chechenia”, “la deshonra rusa” y “la Rusia de Putin”.
El asesinato de la periodista ha sido el símbolo de los cientos de crímenes contra reporteros y reporteras anónimos, víctimas de las mafias locales o internacionales, de gobiernos a quienes no conviene se den a conocer sus tropelías.
Honrar la memoria de Ana Politkovskaya, hoy, es defender el derecho del ser humano a pensar y observar el mundo, a no callarse. Ella antepuso la razón y la moral, y por eso la mataron y por eso, sin conocerla, la admiramos.
Al final, la pregunta al periodista del porqué correr riesgos, seguramente la respuesta está en la adrenalina, en una “adrenafília” (*) resultado de un sentido del deber hacia la sociedad muy elevado.
Qué pensaba Politkovskaya cuando recibía amenazas de muerte o, cuando sentía la persecución de sus enemigos del gobierno ruso. Qué piensan los periodistas mexicanos cuando son amenazados por las mafias policíacas, gubernamentales, de narcotraficantes y por otras alimañas.
Es sólo la “adrenafilia”, respondería Alberto.
Escribir ha sido, desde siempre, un riesgo que los periodistas corren durante su ejercicio profesional, sobre todo aquellos que piensan que la transmisión de la noticia es una forma de alcanzar la libertad. Los que se agazaparon en improvisadas trincheras durante los disturbios del ‘68, los que caminaron junto a los sandinistas, a los farabundos o con las guerrillas guatemaltecas en las selvas centroamericanas, o en los disturbios por la soberanía del Canal de Panamá; o los que, sencillamente, desde la redacción de un periódico han denunciado a caciques, mafiosos o políticos corruptos, y han sufrido la presión, persecución y algunos de ellos, la muerte.
México, con excepción de Irak, donde la guerra es evidente, ocupa el deshonroso primer lugar por el número de informadores masacrados o desaparecidos.
En nuestro país, 51 asesinatos y 10 desapariciones forzadas de periodistas y trabajadores de prensa han ocurrido durante el sexenio del cambio de Vicente Fox y en lo que va del gobierno de Felipe Calderón.
En 2007, fueron asesinados seis periodistas y tres trabajadores de prensa y ocurrieron tres desapariciones forzadas de informadores. Y en lo que va del 2008 han sido asesinados 11 periodistas y uno ha sido desaparecido.
Ana es ya un símbolo y era la voz de quienes no tienen voz. Como ella, hay muchos periodistas, hombres y mujeres, que morirán por que no pueden vivir sin la “adrenafilia”.
(*) Término inventado por Alberto, relativo a la inclinación irresistible a vivir derramando adrenalina
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