lunes, 24 de noviembre de 2008

# 14. Brujas

Abigail Williams, quien estaba a punto de cumplir quince años de edad, nunca imaginó que una maledicencia iba costar la vida a 25 personas, además de tortura y prisión a otras 200 aproximadamente.
Abigail mantenía relaciones con John Proctor, un hombre casado, mayor que ella al que presionaba –su precocidad no le quitaba lo chantajista, sádica e inmoral- para que se deshiciera de su mujer y huir de Salem. Proctor, por su parte, fue testigo de una danza de Abigail con dos amigas totalmente desnudas, en el bosque. Así, hubo un empate técnico que tenía que ser destrabado; para ello, consultaron a los reverendos Parris y Hale, quienes recomendaron decir que vieron a una mujer –de la que se que se querían deshacer- danzando con el diablo, y desviar así los pecadillos de la pareja, iniciándose una verdadera cacería de brujas, que al final costó la vida a la esposa de John y a 24 personas más.
El juicio de las brujas de Salem fue tomado por Arthur Miller para su novela The Crucible (el crisol). Frente al jurado –escribe Miller- “Abigail se levanta, como inspirada, y grita…”
Las brujas han acompañado al ser humano por siglos. La mujer griega llevaba dentro de sí “un animal sin alma”, esto es, la hystéra (el mismo útero) que siglos adelante las doctrinas agustinianas consideraron como la expresión de la convulsión uterina y del goce sexual, esto es, la intervención del demonio en el cuerpo femenino.
Pero no paró ahí la satanización de las mujeres histéricas, pues es sabido que el tratado Malleus maleficarum –el martillo de las brujas- de los monjes dominicos Kraner y Sprenger, envió a la hoguera a miles de féminas condenadas como brujas o poseídas, inventando así la inquisición.
La Biblia, sobre todo el antiguo Testamento, prohíbe la magia al señalar que “no realizaréis adivinación ni magia” (Levítico 19.26; Deuteronomio 10.10), mientras que Lutero, en la traducción que hace del Éxodo (22.17) sentencia: “las magas no las dejarás vivir”.
La ignorancia de los pueblos ha llevado a la hoguera o al cadalso, a miles de mujeres inocentes, como fue el caso de la filósofa y matemática Hypatia, a quien, en Alejandría, los cristianos (constantinos) desollaron, utilizando conchas de mar, iniciándose aquí la irracionalidad cristiana.
Claque…claque…claque, así se comunicaba la bruja que aparecía en las tiras cómicas de la pequeña Lulú, cuando la niña se perdía en el bosque buscado fresas silvestres. También Hansen y Gretel, tuvieron su bruja mala, y no se diga la que le tocó a Blanca Nieves, quien tuvo que vivir y luego dormir –la princesa- con siete enanos. No podemos olvidarnos de Hermelinda Linda con su súper buenísima sobrina, o de la bruja de Cachirulo.
A nuestras tierras, las brujas llegaron con los españoles y con los esclavos africanos. En Cuba, Alberto recorrió el museo de la santería de Guanabacoa, muy cerca de La Habana. El recorrido por el lugar permite conocer los altares dedicados a las diferentes deidades –la mayoría yorubas- Cada cuarto es diferente y dan la sensación que el sincretismo afro antillano es de buena onda, como dicen los jóvenes. Sin embargo, cuando se llega al último cuarto, de inmediato se siente la mala vibra: es el dedicado al Vudú. Candelas negras, tierra de panteón, huesos humanos molidos y fetiches de malignos provocan un rechazo automático del visitante.
A la salida, una bruja buena tira los caracoles sobre una vieja charola de madera. “Yemayá te acompañará por siempre”, le dice a Alberto.
En México, desde la colonia, con la “Santa” Inquisición, hasta nuestros días, las brujas, como los curas, son para nuestro ignorante pueblo, las psicólogas, consejeras, conseguidoras, hechiceras del amor y del desamor.
Así como en el pasado las brujas practicaban el ergotismo, esto es, intoxicar a sus clientes con pan de centeno fermentado que hacía las veces del LSD, María Sabina, en la sierra de Oaxaca, proveía a sus seguidores de hongos alucinógenos que, se dice, consumieron hasta los propios Beatles. Carlos Castaneda, don Juan, describe a sus brujos y brujas mexicanas, alimentándose con extraños brebajes.
En el México moderno hay los extremos. En Catemaco, las prácticas brujeriles son de buena onda, como también en el mercado Sonora, de la capital, donde se puede encontrar un sinnúmero de mejunjes, pócimas, hechizos, maleficios y fetiches de todo tipo.
En el otro lado de la moneda, recientemente, dos mujeres asesinaron a dos jóvenes, de 17 y 15 años, para sus prácticas satánicas. Este tipo de actividades tuvieron gran resonancia hace años, en el norte de México, cuando un grupo conocido como los “narcos-satánicos” sacrificaban mujeres y niños, en sus orgías demoníacas.
Las brujas han sido vistas viajando en escobas o preparando sus hechizos en enormes peroles. La verruga en la nariz es imprescindible, así como horribles dientes y estridentes risotadas en noches de luna.
En el estado de Guanajuato hay una localidad llamada “Puente de Brujas”, de sólo 17 habitantes y, que se sepa, ninguna de las damas es hechicera.
Una bruja propuso a Alberto quitarle la sal a una pretensa mediante un conjuro y por la módica cantidad de 100 pesos. Alberto ofreció a la encantadora mil pesos si le quitaba el azúcar en lugar de la sal, pues la diabetes le pegó muy duro a su acompañante.
Él sigue pensando en hacerse una “limpia” con las brujas de Catemaco, pero la crisis financiera internacional le ha dejado tan “bruja” que no le ha quedado ni para el pasaje, así que seguirá confiando sólo en su buena estrella.

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