Una tarde de 1993, cuatro sujetos de apellidos Medellín, Cantú, Pérez y O’Brien, integrantes de una banda conocida como “blancos y negros” secuestraron a dos niñas, Jennifer Ertman y Elizabeth Peña, de 14 y 16 años, a quienes posteriormente violaron, torturaron y asesinaron.
Según testimonio de los familiares de las dos niñas estos tipos, uno de ellos mexicano (Medellín) “las violaron repetidamente más de una hora y se vanagloriaron de arrancarles sangre virgen (…) Después de violarlas empezaron a ahorcar a Jennifer con su propio cinturón. Cuando Medellín decía: ‘la puta no se muere’, el cinturón con el que trataban de ahogarla, del cual jalaba un joven de cada lado, se rompió. Por eso tuvieron que ahorcarla con sus propias manos. Después saltaron encima de ella y le rompieron las costillas; querían asegurarse que estuviera muerta. Elizabeth, severamente golpeada, les suplicó que la dejaran ir. Les prometió que se dejaría violar nuevamente…”
La segunda chica sufrió las mismas agresiones que su amiga y murió en el lugar.
Los cuatro fueron encontrados culpables y el primero que recibió la pena capital fue Sean O’Brien, en 2006, en tanto que Peter Cantú, está ya en el pabellón de la muerte en espera de su ejecución y, José Medellín, terminó en la cámara de gas hace unos días. Efraín Pérez, por ser menor de edad, en ese tiempo, fue condenado a cadena perpetua.
En el parque T, C. Jester, de Houston, Texas, como testigos mudas quedan dos pequeñas bancas, una frente a la otra, con la inscripción “in memory of Jennifer Ertman”, y otra, “in memory of Elizabeth Peña”.
En Nuevo Laredo, así como en algunas ciudades texanas apareció un curioso humanismo patriótico en defensa de quien secuestró, violó, torturó y asesinó a dos jovencitas hace 15 años.
En Estados Unidos han sido ejecutadas “judicialmente” 5 mil 400 personas, y que se sepa no ha habido protestas de quienes parecen estar defendiendo inexistentes derechos o “privilegios de nacionalidad”. No han faltado buenas conciencias que aseguran que el hombre no es dios para matar a su semejante. Cosa que no les dijeron a tiempo a los asesinos.
En algunos países donde se aplica la multicitada pena, como en Singapur, China, Japón, India, países árabes, entre otros, los condenados llegan al patíbulo de manera expedita. En Estados Unidos, las apelaciones, junto con la labor de sectas religiosas procuran que el plazo se alargue y que cuando el reo cumpla la condena éste casi se la crea de que actuó como brazo ejecutor de Dios (como Judas Iscariote) y que, por tanto, arrepentido (como en la obra: “Los perros de Dios”) se ira al paraíso un segundo después de su muerte.
En el caso mexicano, a diferencia de los que aplican la pena de manera expedita o los que, como EEUU, alargan la diligencia, los asesinos, secuestradores o violadores sólo tienen que tener una gran paciencia para que, entre los laberintos de las leyes nacionales, se encuentre el resquicio que les permita salir a los tres, cuatro o, como máximo, cinco años, de la cárcel.
Carlos A. Madrazo, cuando ocupó la gubernatura de Tabasco, la entidad era un caos, sobre todo por la existencia de salteadores de caminos. La orden fue tajante: donde los encuentren, desaparézcanlos. Fueron unos cuantos salteadores los que no sobrevivieron, y los que sí, no regresaron al estado, mientras fue gobernador Madrazo, según platicaba su compadre Etzael García.
Quienes defienden la existencia de criminales confesos, seguramente nunca han sufrido en carne propia sus actos; no les han secuestrado a un hijo o violado a una hija o hermanas, o asesinado a un ser querido.
Con la muerte del niño Martí, México entra una vez más en la doble moral.
Extraña doble cara de los mexicanos cuando defienden a ultranza a un “connacional afrentado” por las leyes americanas y en cambio piden que regrese la pena capital a México cuando hay casos como el de Fernando Martí.
Pero no para ahí el doble rasero, San Compadre quedó estupefacto cuando el Presidente Calderón propuso que haya delincuentes de primera y de segunda. Esto es, que quienes secuestren y asesinen a adultos serán de primera, pues no alcanzarán la cadena perpetua, y en un descuido podrán salir de prisión pronto; en tanto que los que no elijan correctamente a sus víctimas (mujeres y niños, como en los naufragios) caerán en el error de ser delincuentes de segunda y, seguramente, tendrán cárcel de por vida.
Un buen número de mexicanos está seguro de que los policías que asesinaron a la familia de Tlaquepaque, Jalisco (la pareja, tres niños y una jovencita) o los de Fernando Martí, u otros “representantes de la ley”, también asesinos confesos, saldrán libres en unos cuantos años y el Estado se ahorrará su manutención de décadas por venir.
La verdad, San Compadre, Laura y Alberto no derramarían una lágrima por la muerte de un secuestrador, de un violador o de un asesino.
lunes, 18 de agosto de 2008
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