lunes, 24 de noviembre de 2008

# 16. Velices

Ciudad Valles es el único lugar del país en donde a los muertos los entierran con cobija (por si tienen frío en el infierno) Está en una selva encajonada entre montes, niebla caliente casi siempre y con un río que le cruza de lado a lado, convirtiéndole en una olla de presión.
Mientras transcurría la tarde (la única hora en que era algo soportable ese infierno huasteco) Alberto recorría la calle principal de esa ciudad, hasta llegar al río que tiene el mismo nombre del lugar. Recordó los años de su infancia, nadando en ese caudal, no importando si era época de lluvias o de estiaje. Él y un compañero de primaria, cuyo nombre se había desvanecido en el laberinto de la desmemoria, conocían todos los recodos y vados del río donde pescaban mojarras, bagres y camarones.
En esa visita -hace mucho tiempo- Alberto conoció a un niño –de unos nueve años- que, en medio de la bruma de la noche, esperaba junto a una camioneta pick-up, iniciar un viaje desde Ciudad Valles.
El chamaco aguardaba a alguien, acompañado únicamente de un pequeño veliz de lámina pintada de azul, que se cerraba con dos broches y un cinturón de cuero.
-¿A dónde vas? Le preguntó Alberto.
-A México.
-¿Porqué te vas?
-Ya no quiero vivir aquí.
-¿No eres feliz aquí?
-No.
Luego, con frases entrecortadas, a su manera, le comentó que en ese lugar era donde más dolor se le había infringido. Que odiaba Valles.
El niño quiso mover el veliz, pero éste se abrió, esparciendo su heredad.
Alberto se acomidió a reordenar las pertenencias del chaval: la Divina Comedia -de pasta azul y con bellísimas reproducciones de Durero- Había dos plumas, imitación Parker, que –dijo- le había regalado una vecina como despedida, además de dos o tres cuadernos, testimoniales de su primaria, y otras pequeñas riquezas.
Cuando llegaron por él, la Divina Comedia le fue decomisada y obligado a regresar las plumas a quien se las obsequió. Así, el veliz salió rumbo a la ciudad de México con sólo sus cuadernos, una fotografía donde aparecía abrazando a una niña más pequeña (¿sería su hermanita?) una bolsa de canicas y unos luchadores de plástico.
Alberto, que fue testigo mudo de todo ese proceso, muchas veces se preguntó qué sería del veliz de lámina color azul y sus tesoros; y si el niño –cuyo nombre nunca supo- cuando llegó a la capital, tendría un nuevo hogar o fue botado en el quicio de la puerta de algún pariente. Ensueños que se impregnan en la mente.
Los velices, a diferencia de las maletas, petacas y baúles, no son reconocidos por las nuevas generaciones, que sólo acertan a preguntar por la palabra: ¿qué es un veliz?
En las películas de las primeras décadas del siglo pasado, aparecen los migrantes que llegan a Nueva York; se observa cómo esa gente baja velices amarrados con mecates o cintos de cuero de destartalados camiones que hacían de estibadores del barco a la aduana. En cada uno de los velices venían recuerdos que pronto se diluirían en el sueño americano.
En México, en las litografías de finales del siglo diecinueve y principios del veinte, aparecen las señoras de alcurnia llegando a Veracruz y, atrás de ellas se aprecia a los mecapaleros cargando sus enormes velices.
El veliz ha sido motivo de muchas historias:
Las que narraron los sobrevivientes del Titanic, y que referían a personas que se aferraban a velices que flotaban entre trozos de hielo, esperando el imposible rescate o la muerte segura.
La de la novia que, furtivamente, escapa por la ventana o el traspatio.
Recordar ese veliz que acompañó el brillo de los ojos verdi pardos de la novia, aquél al que le grabaron su nombre los enamorados, en medio de un corazón; testigo de momentos intensos en que los amantes se entregaban y hacían el amor.
Juntos, los jóvenes acercan mano con mano mientras sostienen el asa del veliz donde van guardadas todas sus ilusiones. Días felices que representa ese cajón de cuero o de lámina.
Veliz que alguna vez salió del pueblo, empolvado y endurecida la baqueta, como compañero fiel del que migra a las grandes ciudades en busca de mejores condiciones de vida.
Ahora, Sansonite, ícono indiscutible de implementos para viajes, ha iniciado la fabricación a mano de velices de la nostalgia, a semejanza de los que se usaban en los años 20 y 30 del pasado siglo.
A los abuelos, los velices Trunk junto con los baúles Shwayder Brothers, de edición limitada, seguramente les recordarán esos tiempos en que viajar por los polvorientos caminos el país, las vías férreas de los Estados Unidos o navegar en lujosos trasatlánticos a Europa, era toda una aventura.
Alberto se pregunta si el niño que salió del infierno de Valles, con sólo un tesoro: un veliz de lámina pintada de azul, sólo existió en la mente observadora del escritor.

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